Hellboy: The Science of Evil
Las malas adaptaciones de películas a videojuegos son una triste norma dentro del mercado en el que nos movemos. No resulta raro ver auténticos fiascos de conversiones interactivas a partir de películas más o menos decentes y divertidas. El caso que nos ocupa, Hellboy, es una nueva muestra de ello. El hercúleo superhéroe se planta en nuestras consolas con un título directo y lleno de acción, pero que ofrece poco más que eso en su repertorio. Utilizando un enfoque similar al de Capcom en la serie Onimusha, el jugador deberá dirigir al enorme héroe a través de diversos parajes, acabando con todo lo que se cruce en su camino.
Y es que, aunque pueda parecer una vaga descripción, el argumento es tal y como lo acabamos de plantear. Se carece completamente de una línea argumental que hile los hechos o nos ofrezca algún detalle de por qué debemos ir de un lugar a otro del globo acabando con los distintos enemigos. Sin más motivación que poner a prueba nuestras capacidades de destrucción, visitaremos lugares tan dispares como Rumanía, Okinawa o un castillo nazi en los años de la segunda guerra mundial. En todos ellos encontraremos hordas de seres listas para hacer de saco de boxeo para nuestro puño gigante, así como algunos puzzles y secuencias que requerirán la búsqueda o activación de ciertos mecanismos.
Apartado técnico
El repertorio visual y sonoro es lo poco que salva los muebles en Science of Evil. Los gráficos, sin llegar a maravillar, contienen interesantes efectos visuales y una buena gestión de la física. La gran cantidad de elementos que pueden darse en pantalla -árboles caídos, rocas, fragmentos de estatuas- hace inevitable el clipping, que aparece ocasionalmente. Las animaciones del personaje son correctas y consiguen enlazar bien unas con otras. Por otro lado, la mayoría de las texturas resulta bastante pobre, y se abusa de unos sprites muy poco definidos en demasiadas ocasiones. Resulta casi cómico el intentar representar una bandada de cuervos con manchas de color negro y forma de ángulo recto.
Según avancen los niveles observaremos como el paisaje cambia sustancialmente e iremos encontrando algunos elementos interesantes. Sin ir más lejos, la representación del agua en el segundo capítulo resulta bastante creíble y acertada. Como decíamos, la estructura de los niveles sigue mucho la tónica de Onimusha, situándonos sobre escenarios cerrados y con un único camino de salida. Por otro lado, la cámara, aunque suele mantener bien la posición para no entorpecer, nos dejará totalmente vendidos en otras ocasiones. No captar bien la posición de los enemigos o dejar fuera del encuadre a algunos de ellos serán acciones frecuentes a las que no podremos responder, ya que la cámara es fija.
Más que en lo gráfico, el juego de Konami destaca por su banda sonora y bien seleccionado conjunto de efectos sonoros. La música de fondo, perfectamente adecuada y con un toque de superproducción que le sienta francamente bien, cumple su labor con creces. Del mismo modo, hay mucha variedad de sonidos y los implementados suenan francamente bien. Los golpes de Hellboy retumban contudentes, los enemigos gimen o se lamentan al ser golpeados y una gran variedad de ruidos de fondo nos intentará asustar, o al menos intimidar, en nuestro avance por los distintos niveles. Tan solo se podría criticar la aparición esporádica de los comentarios de nuestro héroe, que suelen encajar poco o nada con lo que sucede en pantalla y desentonan bastante en el conjunto.

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