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Sábado, 13 de Enero de 2007 - 08:00
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Por: William van Dijk Martín
Una civilización moderna ve sus cimientos derruidos a causa de las malignas intenciones de un malvado mago, que gracias a sus múltiples poderes mágicos hace renacer un ejército de demonios para hacerse con el control de la ciudad y, de paso, del mundo entero. El resultado; la ciudad, destruida, queda a mercedes del poder maligno, mientras que los pocos humanos que sobrevivieron a la guerra son sometidos ante el poder de los mismos, tratados como conejillos de indias en experimentos varios.
Nuestro héroe, atrapado por las garras de los demonios, es uno de los supervivientes a la guerra. Los demonios le han concedido el poder de convertir todo lo que toca en piedra, una especie de rey Midas pero en versión pobre, virtud que convierte al protagonista de la historia en un ser triste y agónico. El juego da comienzo dentro de la celda, cuando se unen a nosotros dos seres humanos más que atemorizados comienzan a golpear las rejas de la misma. Con nuestro poder, multiplicado hasta limites insospechados, derribaremos los barrotes otorgándonos así la posibilidad de ser libres.
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Este atractivo comienzo se derrumba a poco de comenzar, cuando el sistema de juego empieza a cobrar protagonismo y la historia no avanza por más fases que consigamos completar. Además de convertir todo lo que tocamos en piedra, los demonios nos han condenado a convertirnos en uno de ellos si nuestra barra de energía disminuye más de lo debido. La aventura se centra en buscar a un sabio que, al parecer, conoce la forma de librarnos de nuestro maleficio.
Sin detalles
Nuestro personaje, así como el resto de los enemigos del juego, están creados totalmente en 3D y se mueven haciendo uso de la mítica cámara cenital que tan buenos resultados consiguió en Max Payne. Por desgracia, la gran cantidad de detalles y calidad gráfica del juego protagonizado por el policía infiltrado queda a años luz de lo que nos encontramos en Back to Stone. El héroe se mueve torpemente de lado a lado en tristes mapeados, muy sosos, sin apenas detalles y demasiado pixelados. Como en tantos otros juegos, los enemigos se repiten hasta la saciedad en los diferentes mundos que visitaremos.
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Los controles son también muy simples; mientras que con un botón saltamos con el otro propinamos puñetazos y combos para derrotar a los demonios y demás especies que nos acosan a lo largo del título. Una vez hayamos conseguido restar su barra de energía, éstos se convertirán en piedra para darnos la posibilidad de utilizarlas para acceder a zonas más altas o activar interruptores que desbloquean distintas gemas de poder. Es necesario ir consiguiendo dichas gemas para llenar la barra de poder de nuestro personaje y efectuar, según lo demande el juego, un ataque especial consistente en un rayo que fulmina todo lo que encuentra en su camino.
Un buen ejemplo del nefasto motor gráfico es lo que sucede si no apuntamos con tino a un enemigo en concreto. Si el rayo alcanza un ala y medio cuerpo del bicho en cuestión, éste permanecerá inmutable en su posición, e incluso podrá atacarnos delante de nuestras narices atravesando el rayo como si tal cosa. Será muy frecuente caernos por un precipicio en un salto por el horroroso contorno de los mapas y la orografía, consistente por regla general en zonas de tierra con algún resquicio de carbón, césped, arbustos muertos, piedras volcánicas, tecnología destruida o algún otro elemento con motivo post-apocalíptico.
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