PacMan es algo así como un hijo pródigo. Un personaje que reaparece cuando a los programadores de Namco se les ocurre una idea a la que no terminan por darle forma, y retraen a la esfera más famosa de la tierra haciéndola pasar por los peores berenjenales.
La vida del ser amarillo empezó con una mecánica muy sencilla donde tan solo debía limitarse a dar tumbos entre un montón de paredes, comiendo cerezas, y sorteando los cuatro fantasmas con nombre diminutivo que corrían desesperadamente en su busca. A partir de ese momento, su trayectoria ha ido trazando una línea que ha tachado una plétora de consolas domésticas y portátiles, saltando a nuevos estilos, nuevas formas, y nuevos horizontes. Uno de los que más nos gustó fue Pacland, un plataformas sencillo, con varios planos de scroll, y que mantenía, pese a las diferencias, el sabor inconfundible que coció a principio de los años 80.
Sin embargo, en plena expansión del mundo de los videojuegos, y con la introducción en él de millones de usuarios, el perfil orondo y circular ha perdido la fuerza que tuvo. Tan solo cinco museos en el que salía de portada, y alguna aparición en carrocerías de Ridge Racer, han sido vanos intentos para evitar su olvido.