En esto del ocio, uno de los ganchos más habituales para atraer y fidelizar a la audiencia es la creación de un universo propio, único, rico en detalles y que sea recordado al cabo del tiempo, haciendo a sus fans querer regresar a él una y otra vez. Genios de noveno arte, como Stan Lee o Jack Kirby, lo lograron con cómics como X-Men o Spiderman, mientras que en literatura tenemos un nombre propio, Tolkien, como ejemplo de cómo forjar un universo y servir como base a todo lo posterior. En el cine el mejor ejemplo sería George Lucas, padre de Star Wars, franquicia que no necesita presentación y que se ha ido expandiendo a lo largo de los años. Razas propias, dialectos, planetas, ciudades; todo es necesario para conseguir crear un microcosmos que sea atractivo más allá de un primer contacto.

Los videojuegos no son diferentes. The Legend of Zelda no es recordado como un juego donde un muñeco con ropa verde golpeaba a pulpos en una playa mientras que resolvía puzzles. Hyrule ha ido cobrando vida juego a juego, conocemos a varias razas, las composiciones musicales otorgan una identidad a cada pueblo y región. El resultado es una expectación altísima cada vez que un nuevo título de la serie es anunciado, aunque sea con un simple artwork, como ya sucedió el pasado E3. Zelda es sólo uno de los muchos ejemplos que podríamos citar: Dragon Quest también entraría en este grupo, así como Mario Bros. (ejemplo de que no es una gran historia la que perfila un fantástico universo) o los capítulos de la saga Final Fantasy. Esta última merece honores exclusivos, pues en cada juego (al menos hasta antes de las compilaciones) conseguía este hito de tener un mundo propio, a pesar de los puntos en común (como las invocaciones o los chocobos).

Puede que hablar del éxito de un videojuego en base a su “background”, su fondo, sea un poco arriesgado. Títulos como Too Human, que toman por base mitologías, no han conseguido calar de la misma forma que si lo han hecho títulos que, a priori, podríamos considerar más “limitados” a la hora de gestionar estos mundos. Lo que si es totalmente cierto es que, a una historia, sea buena o mala, hay que arroparla con un universo creíble incluso a pesar de presentarlo de un modo fantástico (volvemos a Zelda o Final Fantasy). Y si de por sí un universo ya puede ser algo único, juntar varios puede suponer la panacea, el súmmum, un regalo del cielo según para quien. En los cómics esto lleva dándose desde que el día es día, con Superman enfrentándose a Batman, o los X-Men requiriendo la ayuda de otros superhéroes de Marvel.

Tampoco podemos quejarnos nosotros, los que disfrutamos del ocio electrónico. Los “crossovers”, nombre que reciben estos cruces de universos, han aparecido desde la primera consola de Nintendo hasta la actualidad, para todos los gustos y colores, aunque principalmente centrados en dos géneros: juegos de lucha y arcades deportivos. A lo largo de este artículo vamos a centrarnos en algunos de ellos, sólo los más obvios, sino que intentaremos daros a descubrir alguna pequeña joya oculta que no ha trascendido demasiado pero que sí merece la pena recordar.

Lo que obviaremos serán los juegos que se limitan a cameos, es decir, la aparición concreta de un par de personajes sin que tengan ningún tipo de influencia en la trama, como podrían ser Spawn/Link/Heihachi en Soul Calibur 2, Samus o Link durmiendo en las posadas de Super Mario RPG para Super Nintendo, Gon en Tekken 3, Dante en la versión para PlayStation 2 de Viewtiful Joe, etcétera. Todos estos quizá sean tratados en otro artículo en un futuro, pero de lo que hablaremos en este será de estos cruces de universos, mezclas que a priori en la teoría podrían no resultar tan atractivas pero que, en la práctica, han funcionado dejando títulos memorables o, al menos, dignos de recordar. Sin más, comenzamos.
