Desde el momento en el que nos burlamos de nuestros vecinos por sus extrañas costumbres a la hora de tender la ropa, se genera una imagen que se va expandiendo a través de todo aquel con el que comentemos la situación. Es inevitable, dado que al ser humano, por propia naturaleza, le gusta hablar, criticar, encasillar a los demás para que todo tenga lógica dentro de la clasificación mental que se hace cada uno del entorno que nos rodea. Siempre estarán el tipo raro del autobús, la señora que habla mucho del Segundo A, el que va a la facultad a leer sólo la prensa deportiva… La sociedad está cargada de encasillamientos, y si estos ya tienen una importante presencia en el día a día de las personas, si nos vamos a nivel nacional la situación es mucho peor.
Cierto es que vivimos en un mundo globalizado, y que los medios de comunicación a día de hoy están lo bastante expandidos como para tener un conocimiento perfecto y real de lo que es la vida en otras regiones del planeta; pero pese a todo, consiguen sobrevivir las imágenes tradicionales, lo que solemos llamar ideas tan típicas y tópicas, por muy erróneas que puedan ser. Para la inmensa mayoría de los españoles, la imagen del chino sigue siendo la de la persona pequeña, amarilla y con un sombrerito de paja; el mexicano, el hombre que duerme con su poncho y su sombrero sobre la cara; el francés, el hombre delgado y refinado, con sus bigotitos; y un largo etcétera, ya que se pueden sacar ejemplos de prácticamente cada país.
 |
Obviamente, este es un camino de doble sentido, y también los demás países del mundo tienen una imagen de los españoles. Sin entrar a valorar lo acertados o erróneos que puedan ser la mayoría de los tópicos nacionales que existen, sí se puede asegurar que el encasillamiento de nuestro país se aleja bastante de la realidad. Parece que nos pasemos todo el día toreando, mientras bailamos sevillanas y comemos paella; teniendo en cuenta las diferentes realidades culturales que tiene nuestro país, es difícil encontrar una imagen que haga justicia a todos, pero el que más el que menos está acostumbrado a que los extranjeros pregunten por los toros o se pongan a intentar bailar malamente.
Era inevitable que esta imagen nacional se traspasase a lo que nos ocupa, que son los videojuegos. No son excesivamente numerosos los ejemplos de personajes españoles en el mercado del ocio interactivo, pero los que hay son bastante representativos de lo que comentamos, cayendo en tópicos demasiado fáciles que no necesariamente sus compañeros de reparto muestran. El objetivo de los desarrolladores es evidente: conseguir que los usuarios reconozcan con facilidad el país de origen de tal o cual personaje, dotarlos de una personalidad y un estilo propios que permitan su fácil ubicación; desgraciadamente, en la mayoría de los casos acaban resultando todos iguales, repitiendo unos esquemas que no se repiten tanto en ningún otro país del planeta.
 |
El más habitual: el torero luchador
Donde más fácilmente nos topamos con representación española es en los juegos de lucha, grandes torneos donde se reúnen personajes de todos los rincones del planeta para enfrentarse en pos de alcanzar la supremacía. Es en este género donde nos encontramos al que es, sin lugar a dudas, el español más famoso del mundo de los videojuegos, Vega de Street Fighter. Resulta curioso que en la versión japonesa se llamase Balrog cuando Vega es un nombre mucho más de nuestra tierra. Su primera aparición sería en Street Fighter II, aunque se convertiría en un personaje clave de la franquicia, reapareciendo en varias entregas como Street Fighter EX, Street Fighter Alpha, Capcom versus SNK, las series de animación, las películas reales o el más reciente Street Fighter IV.