“De repente, Santos-Dumont dirigió su máquina hacia el cielo y las ruedas, visible y claramente, dejaron el suelo: el aeroplano volaba. El gentío estaba agitado. Santos-Dumont parecía volar como un inmenso pájaro en un cuento de hadas.”

Con estas acertadísimas palabras describió “Le Figaro” el primer vuelo a motor en público el 23 de Octubre de 1906. En realidad tan sólo despegó unos metros del suelo, pero fue suficiente para que una enorme multitud que se agolpaba en Bagatelle, en las afueras de París, pudiera prever lo que se estaba iniciando en aquel preciso instante. Para muchos, el vuelo de Santos-Dumont fue en realidad el primero porque a diferencia del de los hermanos Wright, este se realizó sin ningún tipo de ayuda externa. Años mágicos, sin duda; experimentales, con olor a gasolina y grasa, al seco sonido del girar de las hélices de madera –poco que ver con los modernos turbo hélices- o al vibrar de la seda que componían los planos.

Hemos dejado de lado nuestra Cessna 560XL Citation, su lujo, su confort -¿hay algo mejor en aviación corporativa?- , y sus vuelos a Santorini, la joya de las Cícladas, en apenas tres horitas. En definitiva, toca olvidarse de IlS, VOR, IFR, FMC o cualquier ayuda que podamos tener en vuelo. First Class Simulations nos propone un curioso reto si tenemos instalado en nuestro PC el FSX o el FS2004, ¿seremos capaces de pilotar los primeros aparatos que surcaron los aires, sin necesidad de volver a lo más moderno y conocido, al menos por un tiempo? Los Primeros a Años de la Aviación trata de eso, de revivir cinco aviones que supusieron el inicio de todo. Nos hemos puesto la gorra para prepararnos el TrackIR –ningún aficionado a Flight simulator debería estar sin él-, hemos puesto en marcha el FSX y vamos a hacer un pequeño salto en el tiempo para conocer un poco más de cerca esa fantástica época.

Goliescu Avioplan
Este avión probablemente no llamaría la atención a nadie si no fuera porque es el “origen” por así decirlo de que todos los aviones actuales tengan un diseño tubular. Su diseñador fue un rumano llamado Rodrig Goliescu, que logró en 1910 llevar el avión a la escalofriante altitud de 50 metros. Al subirnos a él nos viene a la cabeza la similitud que tenían estos aparatos con los coches de principios del siglo XX. Nos aferramos al “volante” –literalmente- y nos percatamos que la vista frontal nos viene limitada por el depósito de combustible y el motor. Iniciamos el arranque. No hay manera. La hélice da apenas cuatro vueltas, escuchamos el sonido ahogado proveniente del motor y luego silencio. El sonido está francamente bien conseguido, obviamente no son samples del sonido original, pero no debió ser muy complicado grabar sonidos de algún motor de poca cilindrada y conseguir que realmente parezca que estamos encima de un aparato tan antiguo. El motor sigue sin arrancar, y a falta de manivela decidimos subir el acelerador apenas iniciemos la puesta en marcha –no sin cierto temor a salir disparados contra un árbol-. Esta vez sí. A medida que el motor se inicia vamos subiendo el acelerador y nos ponemos en marcha.

El avión no es nada fácil de maniobrar, la sensación de pesadez es real y no podemos evitar pensar que podemos entrar en pérdida en cualquier momento. Apenas nos levantamos 200 pies del suelo a una velocidad de 40 nudos. Una vez acostumbrados el aparato se muestra más seguro y consistente, pero siempre teniendo un ojo a la posibilidad real de entrar en pérdida. Damos un par de vueltas alrededor de LEGE esperando no entorpecer demasiado el tráfico, y aterrizamos con más facilidad de la esperada ya que no difiere mucho de intentar aterrizar un ultraligero. Eso sí, si os ha tocado un día con mucho viento haríais bien en escoger un avión con un poco más de potencia y más pesado, porque estos primeros aviones se llevaban especialmente mal con las inclemencias meteorológicas.