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#GraciasMiyamoto

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El creador de Super Mario, Shigeru Miyamoto, se lleva el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, un reconocimiento a su trayectoria y a su valentía, en una industria que poco a poco va dando pasos hacia su madurez, pero que todavía está lejos de conseguirla.

Opinión

Seamos francos. Que a Shigeru Miyamoto le concedan el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades es un hecho completamente aislado, un cometa que pasa cada trescientos años ante nuestros ojos. Pero dentro de lo fortuito, de lo casi aleatorio, se esconde un mensaje excepcional para la industria del videojuego: el sector está madurando. Aquellas maquinitas que asustaban a nuestros padres hace dos décadas y a las que se atribuía el fracaso escolar –esto se sigue haciendo en las mejores casas, que conste–. Durante al menos un fin de semana, el creador de Super Mario aparecerá el telediarios, en periódicos y en radios, y se dejará querer por aquellos progenitores agoreros que no dejaban jugar a videojuegos a sus hijos por temor a que se transformaran en bestias violentas.

De Miyamoto se puede hablar largo y tendido sobre su trayectoria, sobre sus juegos, sobre sus logros profesionales. Todos conocemos el cuento de juventud que le llevó a recorrer cuevas para encontrar inspiración y acabar pariendo títulos como The Legend of Zelda. Pero hoy me vais a permitir que cuente otra historia diferente, una narración que refleja que ésta, nuestra industria del videojuego, adquiere poco a poco madurez, pero todavía está lejos de ser perfecta. Allá por el año 2009, el Ministerio de Cultura daba el paso al frente de considerar el videojuego como industria cultural, con todo lo que ello conlleva: posibilidad de acceder a las cada vez más recortadas ayudas económicas, mayor atención a grupos de presión y creación de organismos como la Academía de las Artes y las Ciencias Interactivas.

Buena parte de culpa de que Miyamoto-san reciba el galardón antaño concedido a figuras culturales como la ensayista María Zambrano o The Royal Society la tiene precisamente esta organización que cuenta en su cúpula con la presencia de personalidades como Gonzo Suárez, de Commandos. A ellos y a otros grupos de presión como Gamelab, que se ha transformado en en un exponente europeo más de la industria del videojuego con su cita anual y que ha contribuido con su insistencia a la concesión del galardón, debemos agradecer el paso de este cometa por España y los pequeños saltos que el sector ha dado durante estos últimos cinco años. Estos grupos han arengado a las masas de jugadores para que desde las redes sociales potenciaran la figura del excelso galardonado.

Pero a partir del lunes, en el momento en que la resaca de la euforia del premio se agote, volveremos a la misma realidad de siempre. Seguiremos viendo cómo psicópatas mentales, tan desequilibrados como permite el cerebro humano, relacionan sus crímenes con el videojuego de moda, cómo los tabloides británicos le dan la vuelta a estudios académicos para lanzar órdagos contra este sector creciente y cómo se sigue apostando por lo banal y lo mundano a la hora de promocionar un videojuego. Porque, lamentablemente, estamos en una industria donde los medios también debemos entonar un mea culpa al dar más importancia a campañas promocionales como los carteles sangrientos de Resident Evil 6 que la triste situación del cierre de empresa como SEGA y THQ en España.

Todos –no se libra nadie– debemos reflexionar sobre el camino que está tomando la industria del videojuego, sobre las decisiones que afectan al sector y que merman su madurez. De nada sirve que hoy nos rindamos ante el poderío creativo de Miyamoto si dentro de dos semanas volvemos a caminar por la superficie del sector, quedándonos con la anécdota del Call of Duty de turno, y no analizando con la profundidad que merece por qué Activision consigue un éxito descomunal con su shooter, o por qué Microsoft alcanza o no la gloria comercial con Halo 4. Hoy todos somos maduros para alabar la importancia del Premio; mañana estamos en la obligación de seguir siéndolos dándole una vuelta de tuerca a las mecánicas habituales del sector. Y aquí no se libra nadie: vosotros, los jugadores que saturaban el streaming del acto homenaje del jueves, estáis en la obligación de exigir madurez a todos, de pedir que los estudios y las editoras sepan aceptar cuando un juego es mediocre, de forzar a que los medios de comunicación especializados y generalistas (todos los que formamos este entramado) se dejen de chiquillerías y comiencen a pensar como industria.

#GraciasMiyamoto por ayudarnos a dar el paso de la infancia a la adolescencia en este sector que deja atrás los pañales en España, pero que comienza a coquetear con sus primeros amores, desviándose en ocasiones de esa soñada madurez. #GraciasMiyamoto por convertir del videojuego en un fenómeno narrativo que puede ser tan simple como complejo, tan creativo como crítico, tan divertido como reflexivo, cuando muchos siguen pensando en bits vacíos para cuatro locos. #GraciasMiyamoto por apostar por la originalidad y demostrar a propios y extraños que con la innovación se pueden cumplir objetivos empresariales. #GraciasMiyamoto por recordarnos que en este negocio todavía no se ha perdido la fe, por demostrar tu respeto hacia la competencia, por convertirte en lo que a muchos les gustaría ser. De verdad, #GraciasMiyamoto por todo lo que has hecho y lo que harás.

Esta columna es una opinión personal del autor que no representa necesariamente la de MeriStation.

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