Rygar: The Battle of Argus
Hace más de seis años que aparecía en PlayStation2 una original aventura que mezclaba la mitología con la acción desenfrenada. Un estilo de juego que se ha cultivado con la nueva generación, del que proceden grandes franquicias en la actualidad gracias a God of War, Ninja Gaiden o el propio Devil May Cry, para muchos culpable último de que la acción combinada con la exploración tenga por definición aquello que se dibuja en nuestra mente al imaginarnos grandes combates contra infinidad de mastodónticos enemigos. Por algún motivo difícil de comprender muchas compañías se han obcecado en entender Wii como una buena plataforma para recuperar proyectos que obtuvieron éxito en el pasado, sin preocuparse más de la cuenta por añadir novedades que justifiquen el gasto económico de adquirir el juego.
Quizás este es el motivo de que en ocasiones determinadas las distribuidoras piensen en el usuario, apostando por rebajar el precio de sus lanzamientos. La línea económica destaca por ofrecer títulos que ya conocemos del pasado a precio asequible, sin conocer con demasiada exactitud si el resultado final de la adaptación vale realmente la pena. En Rogue Trooper hubo que cubrir de gloria a los aficionados al insistir cien veces en la misma cuestión; es difícil criticar un videojuego que en su día cumplía con todos los requisitos para ser considerado como un título notable, pero desgraciadamente el paso del tiempo hace que la situación cambie, que el género evolucione convirtiendo la originalidad es una monotonía que sigue todas las compañías. Lo que ayer era innovar hoy es un requisito indispensable para estar a la última, y con ello se pierde inevitablemente parte de la magia del juego del que estamos disfrutando.
No a todos los jugadores les pasa lo mismo. Hay una serie de requisitos que se han de cumplir para considerar a un título un éxito atemporal, dos palabros que se han puesto de moda en la actualidad con el boom de los textos retroactivos, esos que nos descubren el pasado para beneplácito de los jugadores que gustan de visitar sus recuerdos o para aquellos que nunca han podido disfrutar de ellos. El público esperaba una reacción similar con Rygar: The Battle of Argus que con tantas adaptaciones que han aparecido en el mercado. Sin pena ni gloria, obteniendo unas ventas muy discretas, aunque ganando siempre un poco de aprecio por parte de los jugadores que sí han sido capaces de apreciar sus virtudes. Se podría decir que hasta Tecmo se ha mostrado sorprendida por la cantidad de varapalos que se ha llevado esta adaptación de Wii, que apenas se molesta en variar un ápice a propuesta original.
Renovar o morir
Precisamente este es el problema que arrastra Rygar, el motivo único por el cual ha recibido un aluvión de crítica allá por donde ha mostrado la cabeza. Tecmo ha cometido el error de conformarse con el resultado de un producto que originalmente aparecía en PlayStation 2 a medidos de 2002, demasiado tiempo como para justificar una vuelta a la escena en la que no se ha retocado el aspecto gráfico, la jugabilidad ni tan siquiera en hilo argumental. Sólo un añadido para justificar casi una década de ausencia sin cambios, un hecho que difícilmente se puede considerar sin pensar en lo que para muchos se ha convertido en la habitual tomadura de pelo que muchas compañías toman por costumbre en Wii. De hecho, como venimos diciendo, el hilo argumental no varía ni un ápice para adaptarse a los tiempos que corren, si bien es cierto que tampoco es del todo necesario.
Una vez más controlamos al legendario guerrero Rygar, encargado de dar nombre a su propia aventura, que por los avatares del destino se ve obligado a volver a mundo de los mortales, en plena época de transición entre el imperio griego y el romano. La princesa de Argus ha desaparecido sin dejar ni rastro, a lo que se le suma la llegada de un temible ejército de colosos que parecen decididos a arrasar con todo aquello que se encuentre a su paso. Como suele ser habitual en las crónicas literarias de la época, Rygar es un héroe capacitado para luchar contra cualquier clase de enemigo gracias al arma que porta en todo momento, el Diskarmor, un escudo de punta afilada que rebana miembros gracias a la velocidad con el que se impulsa su lanzamiento. Esta herramienta, sumada a la fuerza descomunal del protagonista, hace posible que nadie se oponga a la fuerza titánica de un Sansón que se hace respetar allá por donde pasa.

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