Harvest Moon: El árbol de la tranquilidad
La pregunta más coherente que cualquier lector debería formularse antes de comenzar a leer este análisis tiene mucho que ver con la procedencia de esta última entrega, El árbol de la tranquilidad, que hace ni más ni menos que un año -exactamente- aparecía como novedad en el mercado norteamericano. Meses antes hacía lo propio en Japón sin obtener demasiada repercusión entre el público de la zona, bien por su falta de originalidad o sencillamente por contar con varias ediciones que a lo largo del tiempo han demostrado mantenerse en la cúspide. El problema del desfase temporal entre la aparición en su país de origen y Europa es que, durante este intervalo, han aparecido otros títulos que saben jugar mejor sus cartas, aprovechando de paso también mejor la potencia técnica de la consola de Nintendo.
Esto no quiere decir que Tree of Tranquility, como se lee en el original, sea mal juego. Tampoco que no deba ser tenido en cuenta por los aficionados de una serie que parece haber quedado relegada a un anodino segundo plano por culpa de unas ventas que no acompañan y por un estilo de juego que vino a monopolizar esa saga de Nintendo que en resumidas cuentas copió la fórmula de Natsume teniendo en todo momento las ideas claras sobre cómo llamar la atención del público occidental, poco amigo de los simuladores rupestres. La sorpresa fue tan grande que Animal Crossing se convertía no sólo en un referente, sino también en uno de los juegos más vendidos y característicos de Game Cube, como también lo haría posteriormente con Nintendo DS y Wii, aunque esta última en menor medida.
Al margen del éxito o fracaso personal de Nintendo en este sector, lo anteriormente expuesto es necesario para que el lector se haga una idea rápida sobre cuál es la situación que atraviesa el género en la sobremesa de la compañía japonesa. Después del Harvest Moon que hoy llega a España con motivo de la celebración del décimo aniversario de la franquicia, Natsume ha tenido tiempo para lanzar el primer Rune Factory de la consola (que a día de hoy se considera el filón más interesante de la franquicia), un remake de Magical Melody e incluso le ha sobrado tiempo para anunciar la aparición de Animal Parade, la enésima revisión de la mecánica tradicional que tuvimos el placer de probar a principios de junio. De Rune Factory ya está en marcha una secuela que parece indicar que se ha desmarcado definitivamente de la saga principal pero, ¿hasta qué punto supo innovar en su día este Tree of Tranquility?
Un poco más de lo mismo
Un chico descubre un panfleto en el que se informa de las múltiples posibilidades que podría encontrar en una isla cercana a su residencia. Harto de su rutina diaria decide poner rumbo en barco hacia terreno desconocido para descubrir una nueva vida por delante, aunque antes ha de pasar por una molesta tormenta de agua que le deja inconsciente sin motivo aparente. En el barco tiene la suerte de toparse con el capitán -parece que nadie más ha comprado ese día un billete-, quien le explica grosso modo lo que va a encontrar en Waffle Island. Lo peor es que asegura que el trabajo será una constante diaria; lo mejor, que durante su estancia tendrá tiempo para conocer a los aldeanos -buena gente- que llevan prácticamente toda su vida viviendo por estos lares.
Ellos nos ayudarán a instalarnos pero, como bien decíamos anteriormente, primero se apaga la luz en el barco para aparecer en un acogedor cuarto de un albergue -también completamente vacío-. Cuando descendemos las escaleras encontramos a los propietarios del mismo quienes nos informan prestos del gran interés del alcalde Hamilton por conocer al héroe -o heroína, es decisión del jugador elegir entre ambos al comenzar la partida-. Este curioso personaje, vestido con atuendos impropios de su época, es el encargado de facilitarnos un alojamiento, que escoge dependiendo de varias contestaciones anodinas que el jugador tiene ocasión de contestar, así como de servirnos de guía por el pueblo. Él es el encargado de notificar a todo el pueblo que vamos a trabajar a destajo antes siquiera de que pase el primer día.

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